Publicado el: mar, 29 May, 2018
Opinión

Deme usted permiso

Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista […] Mariano José de Larra.

La finalidad de esta columna en un principio no estaba clara. Sí, un extranjero en la Gades contemporánea, pero al principio titubeaba por las implicaciones claras de la crítica hacia una sociedad que me ha abierto sus brazos y que la verdad poco he encontrado que criticar, todo lo contrario.

Quiso la casualidad que un amigo me regalara una serie de libros de segunda mano, los cuales devoré hasta llegar a uno que me dio la clave para destrabar esta columna que empezaba a dormitar: era de un autor del siglo XIX, un periodista anclado en el Romanticismo y que escribía columnas de crítica mordaz hacia una España que no se encontraba tras las guerras napoleónicas y las independencias de sus colonias. Conocer a Mariano José de Larra es ir más allá de sus artículos, es analizar el continuo enfrentamiento intelectual hacia su patria, un sentimiento de frustración canalizado en humor negro, sátira social y una gran brillantez para poner los puntos sobre las íes de una sociedad que incluso puede reflejarse en la actualidad, a pesar de la lejanía en el tiempo. Nuestro Mariano quería una España mejor, y murió, como muchos, en el noble intento.

Como mexicano y extranjero en esta tierra, conocía bien la sociedad de dónde venía, y la critiqué muchas veces, sobre todo su faceta cultural. México, Cancún y su mixtura de ficciones y realidades que por momentos se mezclaban y terminaban en surrealismos como el linchamiento a un ruso, el robo de esculturas para venderlas a chatarreros, o pintar piedras de verde chillón en los camellones. Ahora, con casi dos años viviendo en estas tierras, puedo reconocer ciertas cosas que caracterizan a los gaditanos y que me ha parecido peculiar. Hoy solo mencionaré una que me ha inquietado desde el principio y que la hubiese dejado pasar de no ser por los constantes encuentros y desencuentros, no solo míos, sino también de nativos que lo han reconocido. «No te olvides de que estás en el sur» me dijo a manera de tesis este amigo que me regaló los libros.

En Vuelva usted mañana, de Larra usa su grandísimo ingenio para hacer un recorrido con los ojos de un extranjero que quiere invertir en España: Sans-délai, un empresario francés amigo suyo que tenía la ingenua creencia de que en quince días sus negocios quedarían resueltos con el consiguiente beneficio para sus intereses, y de los que saldrían claramente beneficiados España y sus arcas. Tras incontables intentos fallidos con el consiguiente rechazo a su inversión de un generoso capital, Sans-délaise da con un canto en los dientes meses después de rodeos, rancia burocracia y los «vuelva usted mañana» de los funcionarios. Con el amargo desencanto, decide regresar maldiciendo a España y su peculiar gente.

No me extenderé más y entraré al tema que nos ocupa: en la Isla, y al menos en Cádiz, existe la extraña insistencia a estorbarse. Estorbarse físicamente, en la calle, en las entradas, en el supermercado, en los parques. En la playa (enorme como la de Camposoto) me he encontrado con casos extremos.

Una conocida mía (gaditana) probó hace poco la frustración de quedarse parada, mientras dos señoras impedían el paso a un recinto desde la calle; una fumaba un cigarro a mitad de la puerta. Esto llamó mi atención por cómo lo cuenta mi amiga:

-Me miraban fijamente, sabían que tenía intención de pasar, pero no se hicieron a un lado. Vamos, ni siquiera lo intentaron. Tuve que pasar sorteándolas y haciendo malabares para que el cigarro de una de ellas no me quemara. No se movieron ni un milímetro.

Esto es lo que me inquieta. ¿Pereza, desidia, simples ganas de no moverse? Hace dos años que resido aquí y he perdido la cuenta de las veces que me han impedido el paso inconscientemente (porque eso quiero creer, que aquí no se dan cuenta). En la calle San Rafael suele haber corros a mitad de la calzada, jóvenes, viejos, todos hablando acaloradamente, carritos de bebé y perros sacando los colmillos, también enfrascados en sus discusiones. Cubren toda la vía, y uno no sabe si alzar la voz entre las voces ya estridentes, con el volumen al que me tienen acostumbrado los andaluces. Al principio me daba pena, decía por educación el «deme usted permiso» que me enseñaron desde niño una y otra vez, hasta que la retahíla se desgastó y ya ni me molesto. Paso, paso y paso, algunas veces haciendo malabares como mi amiga para que el perro no me muerda o para que no me tropiece con el carrito del bebé, y perdón por mis malos modos, pero la vía es de todos.

En las cajas del súper, toda una familia puede estorbarse mutuamente: ni la abuela contando los céntimos para pagar, ni la madre (con otro cochecito de bebé de por medio) intentando meter la compra en las bolsas, ni la nieta que hace su berrinche porque no le compraron lo que quería hacen que la fila avance; el espectáculo se prolonga ante la pobre cajera que intenta sonreír. Dio la casualidad de que mi amigafuese conmigo esa vez, y solo nos vimos a los ojos. Susurró un «madre mía» muy andaluz. Yo sonreí y me encogí de hombros. Para qué hacer corajes.

No quiero finalizar sin mencionar nuestra querida Semana Santa: los codazos, las murallas inamovibles de gente y la poca consideración al tránsito fluido son tan tradicionales como los pasos que salen a la calle, eso sin contar con los padres que no están al pendiente de sus hijos, pero ese es otro tema.

Quizá sea quisquilloso, pero perdonen ustedes lectores mi visión foránea, de alguien que viene desde lejos. El estorbar es una característica que viene desde la antigüedad y que se ha sabido diferenciar bastante bien en La Isla, al menos para alguien que no está acostumbrado y que le apena emplear este verbo en la práctica. Hay diferentes acepciones para el verbo estorbar -hay incluso una de la RAE que es «no saber leer, o ser poco aficionado a la lectura»-, pero este que se usa comúnmente en la Isla llamó mi atención desde el principio. En México se obstruye, obstaculiza y entorpece la vida de mil maneras, y aquí sucede de una forma harto curiosa. Pues bien, vamos a dejarlo aquí, mi pobre intento de hacer algo como Larra naufraga y prefiero no seguir estorbando con este texto que seguro ya se habrá salido de la extensión permitida para no estorbar.

Sobre el autor

Mauro Barea

- Escritor, sí, pero también fui proyeccionista de cine,agente de tráfico aéreo y asesor de telecomunicaciones, donde clientes cabreados intentaron aventarme móviles a la cara varias veces. Trabajé en una agencia de viajes donde estaba prohibido dejarse crecer la barba. Esta columna esta hecha desde una visión extranjera, pero nunca ilegal.

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