Publicado el: jue, 26 Abr, 2018
Opinión

La forja de un héroe

Foto. PhotoStudio

Mayo, 1990

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, eso sí es una frase. Stan Lee es que las borda en los cómics de Spiderman, el tío. Ha sido una idea genial traerme el walkman y un tebeo porque la tarde se hace eterna. Mucho pelón salidorro con uniforme de marinero en el Nanay y mucha niña mona con hombreras y en Vespino luciendo palmito ahí abajo en la plaza del Rey, pero nada interesante: ni un robo con intimidación en Argentaria, ni una reyerta gorda en disco Élite o en el Crispín… ¡no mangan ni un paquete de Chimos del carrillo! Esta ausencia de delitos es exasperante.

Podría comprarme una tarrinita de helado mitad turrón mitad tutti frutti en los Hermanos Picó y darme un voltio por el cine Almirante que hace poco estrenaron el Batman de Tim Burton, a lo mejor se me pega algo de ese pedazo de superhero. Que tiarrón, con sus gadgets, su batcoche y su célebre batcueva. Ese cuartel general secreto sí que mola mazo; yo me tengo que conformar con esconder el traje y el antifaz aquí arriba en la azotea del ayuntamiento, en el hueco que encontré detrás del escudo de la ciudad. Y en vez de Robin y Batgirl no tengo otra compañía que esas dos convidadas de piedra: “La Fama” con su enorme trompeta, y “La Justicia” con la espada de cortar jamón. Con esto de Eurovisión, cuando miran al reloj desde la esquina de la Gran Vía las toman por las Azúcar Moreno.

Foto. JM.

Viendo pasar a la peña y vigilando a escondidas a través de la balaustrada me da el bajón. Toda la vida dedicándome a proteger a los isleños luchando contra el crimen y nadie lo sabe, exceptuando los que he salvado y ayudado, que les hice prometer no revelar mi existencia. De todas formas, pensarán que quién les iba a creer; los tomarían por locos o lo que es peor, por carajotes.

Recuerdo los tiempos de la guerra civil, ahí sí que tenía trabajo. Había que salvar gente constantemente, aunque por desgracia no pude evitar muchos asesinatos y venganzas. Estos cenutrios mataban a sus semejantes por política y por envidia. Tuve que hacer numerosas rondas nocturnas doblando los barrotes de siniestros calabozos para que huyesen los que serían fusilados frente a una tapia al día siguiente. El hombre es un lobo para el hombre.

Se echa de menos la época en la que los crímenes eran meras rencillas entre isleños por esta o aquella huerta o este o aquel burro salinero. Al final, uno acababa incrustándole a otro una quijada en la mollera y me tocaba atrapar al homicida para dejarlo atado delante del cuartelillo de la guardia civil. La cara de confusión y desconcierto de los picoletos era todo un poema.

¡Hey!, no sabía que tenía grabado en esta cinta el Holding out for a Hero de Bonnie Tyler, ¡es la caña esta canción!, que buena:

♫♫ I need a hero…
I’m holding out for a hero ‘til the end of the night…
♫♫

Es que ha llovido mucho y, ahora que lo pienso, este veranito cumplo 166 añazos vistiendo mallas, fuera aparte de los 19 que ya tenía cuando ocurrió “el suceso” y adquirí mis poderes. Es una gran historia, podría plantearme escribirla. Quizás en el futuro a otro Stan Lee se le ocurra plasmar mis aventuras en las viñetas de un cómic como este. Ya puedo ver en letras doradas el título de mis memorias, “La forja de un héroe”, y el primer capítulo bien pudiera ser algo tal que así:

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Cada día cuando echo la baraja de mi tienda de ultramarinos, me enfundo traje y botas negras y salto de tejado en tejado, siento que el deber del Falucho Nocturno de proteger a los cañaillas es algo irrenunciable.

Cierto que el nombre no es nada del otro jueves, pero es que el Joseíco me birló el mío a pesar de que le salvé de palmarla el día que cayó al agua enredado en una nasa de pescar en el Carrascón. Me preguntó escupiendo agua salada “¿y tú quién ere’, compare?”, y yo todo peripuesto y vanidoso le contesté “soy tu amigo y vecino El Camarón de la Isla, pero no le hables a nadie de mi”.

El Joseíco no me hizo ni puñetero caso el muy desagradecido, pero debí impresionarle tanto que le adjudicó más tarde mi alias a un sobrino suyo que cantaba muy bien por soleares y fandangos, así que me quedé sin sobrenombre. ¡Dos Camarones eran demasiados para una isla tan pequeña!

No era más que un chiquillo el día en que adquirí la fuerza sobrehumana, la supervelocidad y el resto de dones extraordinarios. Hacía pocos meses que había dejado la casa familiar allá en mi Francia natal para ir a la guerra a restituir en su trono al rey Fernando VII de España. Mi padre me despidió en la puerta de la granja con la mirada líquida y la barbilla trémula. Mamá ni siquiera pudo decirme adiós por el disgusto. Padre me dio una pequeña navaja en la que había grabado él mismo mis iniciales, J.F.D., mientras me repetía afectado “Jean-Frédéric, no dudes en usarla si te ves en peligro. Tu madre te quiere de vuelta”

Después de patearme y cruzar toda la península ibérica, me destinaron a un lugar agreste en la punta más lejana del sur de España para proteger los Almacenes de Pólvora de Su Majestad y una tarde, mientras hacía guardia en “la garita de la muerte” y mataba el tiempo leyendo a mi héroe favorito Don Quijote de la Mancha, me sobresalté al oír un murmullo al pie de la muralla que custodiaba. Descendí los escalones hasta el desembarcadero de Punta Cantera cuando escuché el silbido agudo de una honda al ser lanzada. El canto rodado me dio de lleno en la frente y caí de bruces a la orilla. Desvanecido, pude ver las alpargatas de unos malhechores que rebuscaban entre mis ropas para robarme. Me revolví como un gato panza arriba tratando de zafarme, pero me arrastraron mar adentro con la pretensión de ahogarme.

Foto: Rutas y fotos.

Lo siguiente que recuerdo fueron miles de pinchazos y un dolor insoportable. Desperté bocabajo en la orilla, la marea me había escupido y tenía el cuerpo cuajado de miríadas de cangrejos conocidos popularmente como “bocas de la Isla” que me punzaban de forma salvaje con su pinza pulposa. Parecía como si aquellas criaturas trataran obstinadamente de reanimarme, de darme vida.

Fui consciente de mi superfuerza cuando, aullando de rabia, levanté un formidable pedrusco y lo lancé con furia unos 200 metros mar adentro. Sacudiéndome las bocas fui hasta el lienzo de la muralla y me recosté exhausto. Vi que aún conservaba la bota derecha, me la quité y saqué la navaja de mi padre de su escondrijo. Jurando que ese sería el primer día de mi nueva vida y el último de la antigua, usé el cuchillo con saña sobre la piedra ostionera a mi espalda.

Grabé mi propia lápida: DEBREUILLE, 7 AOUT (agosto) 1824.

Aquel día moría el enclenque Jean-Frédéric Debreuille y nacía un poderoso justiciero que perseguiría la maldad. Me habían matado a traición en una orilla desierta de esa pequeña villa, que a partir de entonces me adoptaría, y devuelto de nuevo a la vida por caprichos indescifrables de la Naturaleza. Ningún bandido quedaría impune y sería en adelante el guardián de la ilustre ciudad de San Fernando.

Foto. Cantero Lebrero.

Mucho más tarde vinieron todos aquellos años de hazañas memorables como cuando evité que envenenaran a la reina Isabel II con una tajada de cazón en adobo en su visita a la Isla (¡con razón sí que le supo bien!) o cuando salvé a Peral de morir aplastado debajo de su prototipo de submarino en la Carraca.

Pero todas esas aventuras, querido lector, podrás vivirlas solo a partir del segundo capítulo.

To be continued…”

 

 

Dedicado a mi colega y amigo Alejandro Díaz Pinto, “Alex”, y a todos los isleños que, pese a las adversidades, siguen en pie con su capa ondeando al viento y luchando contra los elementos. Ellos son los verdaderos héroes anónimos.

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

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