Publicado el: vie, 2 Mar, 2018
Opinión

Aquellos pequeños templos del cine…

Jamás podré olvidar la llegada del primer reproductor de video –VHS, cómo no- a mi casa. Corría el mes de noviembre de 1984 y mi emoción fue tal que todavía recuerdo con nostalgia ese momento.

Yo, que siempre he sido un fanático seguidor del séptimo arte desde que tengo uso de razón, me estremecía ante la posibilidad de poder continuar con mi pasión al calor del hogar.  Yo fui de los últimos de mi pandilla en adherirme a las “nuevas” tecnologías y rápidamente empecé a tomar nota de los pasos a seguir en el nuevo, desconocido y fascinante mundo de los videoclubs…

Que si para alquilar pelis había que hacerse socio… que si para lograr eso había que dejar en depósito una peli en propiedad –entre 5.000 y 10.000 pesetas de la época, nada menos-…

Raudo fui a hablar con mi abuelo Antonio y, a pesar de su cara de estupefacción por el precio de la cinta, fuimos al tan visitado “Hipercor” de Jerez con la condición de que él elegía la película. Yo fantaseaba por el camino con la peli que compraría… ¿sería “La guerra de las galaxias”, “En busca del arca perdida”, “Superman”?… pues no, mi añorado abuelo se decidió –muy cañí él- por “Yo soy fulana de tal”, quizás seducido por la sensual carátula de la bella Concha Velasco. Pero daba igual, aunque nunca habría imaginado que la omnipresente actriz se iba a convertir en la llave de mi felicidad más inmediata.

De la mano de mi abuelo, subí los escasos tres escalones del videoclub “Andalucía” sito en la barriada de las casas de Marina y, mientras él cumplimentaba los pasos para hacerse socio, yo no podía cerrar la boca ante semejante visión. Cientos de carátulas, films de todo tipo que podría devorar en mis, escasos, ratos libres.

A partir de ese día, mi vida y mi casa se llenaron de interminables e inolvidables sesiones continuas en el que todo tipo de género tenía cabida. De Spielberg, Lucas o Stallone pasábamos a los films de Jaimito o Esteso y Pajares. Del cine de aventuras al de destape o al impactante terror de serie B italiano.

Pero no solo me encantaba ver películas, porque para mí ir a alquilar una cinta –o dos, tres o cuatro- formaba parte de un íntimo ceremonial. El tiempo corría veloz en esos pequeños templos del cine donde no me importaba esperar horas a que un cliente devolviese la peli que estaba esperando. Allí la espera era gozosa, me detenía analizando cada carátula y sinopsis. Cómo olvidar aquellas carteleras rojas de José Frade y esas imponentes de la Warner Home Video. Todo era especial en ese pequeño recinto.

Pero, con el paso del tiempo, el “boom” se iba extendiendo y ya era fácil encontrar uno en cada esquina. Además el asunto era cada vez más sofisticado, porque estaba aquel increíble videoclub “Madison” de la Glorieta con su catálogo de serie oro y plata, aquellos otros que te permitían ¡llevarte la cinta a casa con su carátula original! y, cómo no, aquellos que ofrecían cual contrabandista de tabaco películas piratas que estaban en los cines y que solo estaban al alcance de los que éramos clientes asiduos…

Ay, el maravilloso mundo del videoclub… cuánto aprendimos los de mi quinta entre esas entrañables cuatro paredes. Hoy, cuando ser propietario de uno ellos te convierte en un auténtico héroe, no puedo evitar echarlos de menos ante su práctica desaparición.

Paradójicamente, la misma piratería que ellos alimentaron y que tanto daño hizo a los cines -¿quién no tuvo en sus manos aquella mítica copia pirata de “E.T.” donde se escuchaban llantos y el crujir de cáscaras de pipas?- se volvió contra ellos. Llegó internet a finales de los 90 y arrasó todo a su paso.

Y ahora, observando cómo mis hijas acceden a todo tipo de productos audiovisuales con el desdén de quien tiene todo al alcance de un botón, no paro de pensar en lo especial que era aquella época donde nos conformábamos con lo esencial, con el mero hecho de elegir entre cientos de films aquel que pensabas podría encantar a toda la familia en aquellas reuniones, tan en desuso, frente al televisor.

En ciertos aspectos, pienso que estamos abocados a un mundo más impersonal y artificial. Recordando el encanto de los videoclubs, cualquier tiempo pasado fue mejor.

Sobre el autor

Andrés Martín

- Empresario y crítico cinematográfico de Onda Cero Cádiz durante casi dos décadas. Además ha colaborado en tareas cinematográficas en medios como Guiadecadiz.com, Radio La Isla y Onda Litoral Cádiz.

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