Publicado el: mié, 14 Feb, 2018
Opinión

El punto de inflexión

Las puertas metálicas del castillo de San Sebastián estaban abiertas de par en par para dejar entrar a la marabunta de gaditanos que acudían prestos a presenciar el singular espectáculo que con tan poca frecuencia se producía. El eclipse total de sol fue anunciado a bombo y platillo por el Ayuntamiento como el evento del año y las supuestas vistas que se tendrían desde el antiguo baluarte se promocionaban como “las mejores de toda la bahía”.

Mario cruzó el alargado patio de la fortaleza con las manos en los bolsillos y concentrado en sus pensamientos. El calor era asfixiante a aquellas alturas de agosto y los empujones de la muchedumbre por pescar el mejor sitio contribuían aún más a incrementar la ansiedad y la angustia que abrigaba. Como pudo, logró hacerse con un lugar privilegiado en el lienzo transversal de la muralla que daba a mar abierto. Delante sólo coexistían el líquido azul cobalto infinito y el rampante sol que comenzaba a ser cubierto parcialmente por la luna.

Los demonios interiores acudieron de nuevo a su mente. Ya no le quedaba nada. Había perdido todo lo que hacía que su vida tuviera sentido. Su última relación sentimental fracasó hacía ya tiempo consumida por la rutina y el tedio que imponía la vida en Cádiz y la crisis económica acababa de enviarle directamente al paro con el cierre del supermercado del que era franquiciado. Temía perderlo todo, acosado por las deudas y por la sangrante hipoteca adquirida un par de años atrás.

Se asomó tanteando la altura y calculó que la caída vertical sobre las rocas le mataría al instante. Observaba a la gente haciéndose selfies a su alrededor con una luna que llegaba ya a tapar casi la mitad del sol y pensó que se iba a montar un buen escándalo si saltaba. Pero eso ya apenas importaba, ni tampoco los titulares que imaginó al día siguiente en los periódicos.

Decidido, se encaramó al escalón de la muralla y miró firmemente los dos orbes danzarines que con parsimonia se besaban en el horizonte. Había oído historias en el barrio del Pópulo sobre la magia que infundían los eclipses a su alrededor. Un eclipse solar siempre era una Luna Nueva y tendía a marcar comienzos. Se le antojó que el cielo arrebujado en tintes de acuarela era uno de sus dibujos, su pasión más íntima. Tenía la casa empapeladas de cientos de sus ilustraciones desde que en la infancia se había quedado prendado por el trazo amable y redondeado de los clásicos del maestro Disney.

Allí, de pie delante del abismo, con ráfagas de viento golpeándole la cara y sintiéndose en la piel de Rose DeWitt Bukater descalza a punto de precipitarse por la borda del Titanic, desvió la vista a la izquierda hacia la línea costera tortuosa de la ciudad. Más allá de los bloques y de Santa María del Mar, la línea seguía por la playa Victoria hasta perderse en Torregorda. Aunque no se veía, sabía que la playa de Camposoto estaba un poco más abajo. Camposoto, jamás había vuelto allí. Ese lugar paradisíaco representaba su mayor y mejor pecado de juventud. Aquel verano tantos años atrás, donde conoció al chico cinco años mayor de las gafas de sol de aviador que pudo haber supuesto un punto de inflexión en su vida, un tren al que nunca llegó a subirse.

Se topó con Adrián una tarde de julio y, durante varios días de calima, disfrutaron de la vida en La Isla. Conectó con el cañaílla al instante y sentía conocerlo de toda la vida. Pasaron largas jornadas en Camposoto, ya besándose en el mar mientras se bañaban ya tostándose al sol mientras se miraban en silencio buscando respuestas a la vida en los ojos del otro. Luego iban a la minúscula buhardilla propiedad de los padres de Adrián junto a la iglesia Mayor y se enjabonaban mutuamente en la ducha riendo. Invariablemente acaban haciendo el amor con pasión. Los cuerpos bronceados y cobrizos se estremecían bajo la suave sábana haciendo esfuerzos sobrehumanos para que los vecinos no les oyeran a través de aquellas paredes de papel. Las palomas acudían a uno de los ojos de buey de la cocina y movían el cuello curiosas observándoles con ojos inquietos mientras preparaban la cena y se hacían caricias.

Uno de los días en que se quemaban sobre sus toallas cerca de los búnkeres, se quedó mirando a Adrián que tenía la vista clavada en el mar y se abrazaba las rodillas. De perfil le recordó a Simba, con el porte noble y el pelo castaño abundante mirando a las hienas con displicencia. Algún día debía dibujarle. Las gafas de aviador le ocultaban los ojos que se adivinaban inquietos, cavilando debajo.

– ¿Sabes, peque?, algún día me iré de aquí y no volveré. Me marcharé a conocer nuevos lugares. Aún no sé cuál es mi sitio en el mundo- dijo sin apartar la mirada del furioso oleaje. Una gaviota berreó en la lejanía como ratificando sus palabras.

Mario, tumbado bocabajo, levantó la cabeza y le escrutó indeciso. Tuvo que habérselo dicho, haber abierto la boca y soltar aquella frase concisa que le cruzó la mente, me voy contigo, porque, en el hueco más recóndito de su alma, sabía que Adrián le estaba urgiendo a que tomara una decisión en aquel momento. Pero en lugar de eso musitó: estoy seguro de que encontrarás tu lugar.

No sabía si habían sido sus 20 años y su inexperiencia vital, su timidez característica o simplemente el complejo de no sentirse lo suficientemente bueno para él, la cuestión era que sabía que había dejado el tren huir. El potencial punto de inflexión que pudo haber cambiado el rumbo de su vida se diluyó en un breve instante, en el segundo escaso que tardaron sus labios en pronunciar aquellas banales palabras. Hoy era quien era y no otra persona sólo por esa simple decisión y por su falta de acción. Evocó lo que le soltó una vez su profesor de dibujo el día en que le dijo que se estaba pensando el ser dibujante profesional.

-Querido Mario, el tigre no proclama su “tigritud”, el tigre salta.

Erguido ya sobre la muralla y disimulando sus intenciones ante la gente que le rodeaba, como el protagonista de aquella película musical, La, La, Land, visualizó cómo podía haber sido su existencia junto a Adrián. Se habrían largado de allí, más allá del mar gaditano, a recorrer cientos de países y ciudades; en las callejuelas de París tendrían una espléndida cena de espaguetis en salsa como en La Dama y el Vagabundo y preparados por el cocinero de Ratatouille; en la gran muralla china buscarían al pequeño dragón de Mulán y habrían arribado a Londres volando con polvos mágicos de las alas de Campanilla para compartir un diminuto apartmento en Candem Town y tomar té cada tarde a las cinco en punto.

Pero nada de eso había sucedido en realidad. Ni siquiera se atrevió jamás a buscar a Adrián en las redes sociales pues temía que hubiese llegado a ser feliz sin él, viviendo en algún lugar exótico donde cada día era diferente y contaba.

Se acordó del grácil salto al río de Pocahontas cuando se impulsó al fin hacia delante. Mientras se precipitaba al abismo de picos afilados, percibió de soslayo que el eclipse total se completaba en ese momento y el sol coronaba de rayos el perímetro de la luna oscureciendo toda la playa de la Caleta y el castillo como si alguien hubiese apagado de pronto una gigantesca bombilla.

Esperaba escuchar el sonido sordo de sus propios huesos estrellarse contra las rocas mientras caía en la eterna negrura cuando un poderoso graznido se hizo oír estridente. Al abrir los ojos el potente resplandor le deslumbró. Una gaviota grisácea trazaba torpes círculos en un cielo añil límpido. Cuando giró la cara instintivamente a su derecha allí estaba Simba, con sus gafas enormes y su pelo trigueño al viento. Se frotó los ojos violentamente para estar seguro de que no estaba soñando o muerto y en el Edén. No dando crédito a lo que estaba pasando, intentó recordar los últimos destellos en la caída: el mar, la muralla, las piedras, la corona de rayos, el eclipse. Abrió los verdes ojos como platos…¡¡el eclipse!!

– ¿Sabes, peque?, algún día me iré de aquí y no volveré. Me marcharé a conocer nuevos lugares. Aún no sé cuál es mi sitio en el mundo – dijo El Rey león a su vera con la vista clavada aún en el océano eterno.
-Me voy contigo…

 

Dedicado a todos aquellos que se enamoran cada día de su vida y no sólo los 14 de febrero.

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

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