Publicado el: dom, 7 Ene, 2018
Opinión

Una mano para los animadores

Anatomía de un animador. Foto: ineditviable.blogspot.

Muchos no se creían que el niño introvertido, el gordito friki de la ESO que conoció el bullying, o el adulto con falta de estima, elegiría Animación Sociocultural para estudiar un buen día del 2015.

Recuerdo cuando el primer día nos presentaron todas las actividades que tendríamos que hacer… Bailes, dinámicas delante de desconocidos, teatro, cuentacuentos, un verdadero espectáculo como colofón… Creía que el mundo se me caía encima, que me había equivocado de dirección y que debería de tirar la toalla.

Una voz dentro de mí me dijo que continuara, y aunque casi nadie daba un duro por mí, acabé los estudios consiguiendo graduarme tras dos años. En ese tiempo deambulé entre diferentes emociones, me abrieron los ojos, vi la cara oculta de la sociedad y me divertí como un enano tras varias horas de preparación sobre un escenario improvisado.

Soporté risas por estudiar para ser “payaso”, estudios menospreciados porque no tienen salida, supuestas horas de relleno que no valdrán para nada. Quizás el gobierno tenía que regular la animación y se inventó un FP para perder el tiempo y tenernos a todos contentos. Muchos estigmas que dudo que la animación sociocultural se podrá quitar por mucho que demuestre que es otro trabajo más.

Incluso, en todos mis empleos he soportado las risitas y comentariossobre lo prescindible que es un animador, que es un trabajo muy fácil que puede desempeñar cualquiera; que no hace falta un título, ni preparación, y que pagan por pasarlo bien.

He conocido gente que han aprendido a arreglar móviles de forma autodidacta, me he topado con verdaderas contables que mantienen su casa haciendo milagros con el dinero, verdaderos periodistas anónimos en blogs olvidados, artistas que su único maestro ha sido la vida. Creo en lo que dicen: si disfrutas trabajando jamás trabajarás, y si has nacido para ello, los estudios son secundarios.

Por suerte, o por desgracia, no he tenido una vida acomodada. He llorado, he querido desaparecer de la vida, he sido un incomprendido en momentos claves para un adolescente con tantas dudas por los cambios en su vida. Mi casa, en muchas ocasiones, no ha sido mi hogar. Estas cosas me hacían desear cambiar el mundo para que nadie tuviera que sufrir lo que yo viví; a veces me perdí en el sendero pero siempre volvía.

He provocado sonrisas en personas sin historia, he ilusionado a pequeños que sufren la frialdad de la sociedad, dado esperanzas a chavales que se veían derrotados, he compartido momentos con personas abandonadas, escuchado al que nadie tiene ganas de prestarle atención, comprender al incomprendido… Y eso es impagable por muchos ceros que puedan ponerme en mi nómina.

No obstante, y por mucho que algunos ciegos se nieguen a verlo, la animación sociocultural es un abanico tan grande que podría hacer un verdadero libro explicando todo su entramado. Pero claro, tan sólo somos bufones que queremos vivir del cuento.

Recuerden cuando estén en un hotel y vean algún espectáculo musical, o teatral, esas personas han pasado horas en vestirse, memorizar los movimientos y tener el valor de improvisar si algo falla. Guardan sus problemas para amenizar su estancia vacacional en sus horarios interminables.

O quizás se ría de los animadores publicitarios, esos que se disfrazan en carrozas o por las calles promoviendo negocios de la zona, o mascotas de centro comerciales. La persona que divierte en un cumpleaños, comunión o boda…

No nos olvidemos de los recreacionistas en museos, yacimientos arqueológicos, fiestas sobre el patrimonio histórico… Los animadores de hospitales, que buscan la alegría de las personas que se encuentran en sus momentos más inestables. Los cuentacuentos de bibliotecas, que personifican la magia de los libros para quien quiera escucharlos. Los animadores de la tercera edad, esa edad donde las personas son más molestias que apoyo; a menos que aporten dinero, o una mano para la casa.

Los que ayudan a una comunidad, barrio, o grupo de personas, tras un análisis de la realidad y utilizan dinámicas para solucionar sus problemas. Una faceta que existe, pero totalmente olvidada de los animadores socioculturales.

Pero claro, nosotros solamente somos unos vividores… ¿no?

Sobre el autor

Antonio S. Jiménez

- Correveidiles y opiniones del día a día de nuestro mundo mundial

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