Publicado el: Sab, 9 Dic, 2017
Opinión

Cuento de Navidad

Querido hermano Jaime:

Como cada año por estas fechas, os deseo a tu familia y a ti felices fiestas y que empecéis el 2021 con muy buen pie. Es una lástima no celebrarlo con vosotros en San Fernando, a pesar de estar a dos pasos, pero, como bien sabes, circunstancias especiales me lo impiden. En esta ocasión, he preferido enviarte mi felicitación en forma de carta y no de tarjeta navideña ya que me gustaría explayarme y confesarte algo que llevo guardando durante años. Algo mágico, como estas fechas, que me sucedió en la Nochebuena de 2016, hace casi cuatro años.

No sé si recordarás que aquel año empezaron mis problemas de salud, que arrastro todavía. Durante el puente de la Inmaculada de ese año, para más inri, me quedé en paro. Sabía que me convertiría en un desempleado de larga duración en una ciudad como La Isla y la depresión hizo mella en mí. La tarde del 24 de diciembre de 2016 salí a dar un paseo cavilando sobre mis problemas, sabiendo que el principal no tenía remedio y que no podía vislumbrar más que un negrísimo futuro. Pasé por delante de la Mallorquina y le di una limosna a un pobre aterido que dormía en la puerta del Centro de Congresos casi sin reparar en él. En mi cabeza iba acariciando la idea del suicidio y ponerme en manos de Dios. Cuando llegué a la plaza del Rey me detuve unos minutos a observar el mosaico del Corazón de Jesús. Ya sabes, Jaime, que siempre he sido muy religioso y muy de la cofradía del Huerto. Me pareció observar que, en su mano derecha, la imagen me mostraba tres dedos, mientras que con la izquierda tiraba de la toga descubriendo su corazón flameante. Era algo muy raro, no recordaba la mano derecha así; ¿qué querría decir aquello?, ¿tres qué?. Me auto convencí de que debía tratarse del reflejo de las luces navideñas que adornaban las palmeras de la plaza y me alejé rumbo a las casetas de figuritas para el Belén.

Mientras ojeaba abatido un puentecito hecho de corcho marrón, alguien me tocó en el hombro. Al volverme, me quedé perplejo frente a un señor de enormes patillas canas vestido con un anticuado uniforme de la marina cuajado de condecoraciones y que me sonría cortésmente.

-¡Hola joven!, ¿es usted el marinero de primera depresivo?. Tenga una buena tarde; soy el almirante Don Miguel Lobo y Malagamba. Soy su primer fantasma, el del Pasado.

-¿c-c-cómo dice?- acerté a balbucear- ¿No es usted un figurante del mercadillo navideño?.

Con un chasquear de sus dedos, en un santiamén cambió el entorno y nos encontramos en el interior de una biblioteca con elegantes muebles color teka que alcanzaban un techo primorosamente decorado. Un puñado de guardiamarinas jovencitos estudiaba o pululaba por las estanterías consultando libros.

-No se moleste en hablarles, no pueden oírle ni verle. No existimos para ellos. – me espetó el almirante al verme despegar los labios – Estamos en 1901, recluta triste, a estas alturas yo ya estoy más que muerto. Asómese al balcón y aprecie lo que fue San Fernando.

Abrí las contraventanas y la vista me estremeció. Seguía siendo Navidad fuera pero el marco era bien distinto. Un animado mercado en el centro de una espaciosa plaza sin Varela ocupaba toda la vista. La gente cantaba villancicos y bailaba alrededor de una hoguera como en las zambombas actuales. Carros cargados de pescado fresco subían por la esquina de correos, procedentes del Zaporito, para asarlos allí mismo.

-Como ve, Diego, son felices con poco. Disfrutan de las pequeñas cosas de la vida y cada día cuenta. La Isla de su época tampoco es muy diferente, son ustedes felices porque viven en un lugar inigualable. Mi moraleja es ésta: carpe diem, paladee cada momento que le ofrece su ciudad.

Con otro chasquear de dedos del almirante me encontré de nuevo en la calle. Estaba sólo delante del Castillo de San Romualdo. Mirando en derredor, vi a alguien que atraía mi atención saludando efusivamente con una mano alzada. El individuo, con camisa a cuadros y barba descuidada, estaba sentado con las piernas colgando en el monumento a la Libertad de Expresión. No fue hasta que estuve a un par de metros, cuando le reconocí con asombro.

-¿¿Don Alfonso Berraquero??, pero maestro usted, usted…

– Si, lo sé Diego –asintió paternalista -he fallecido hace unos días. Espero no asustarte. Pero ahora estoy bien, en la mismísima gloria con Él -dijo señalando al cielo con el índice.

Me agarró de la muñeca y en un plis plas nos encontramos en una habitación sucia y llena de trastos con una puerta de cristales que daba a la plaza de la iglesia. Alfonso tocó las palmas un par de veces y la estancia se transformó en una especie de museo. Fotos de procesiones, túnicas, mantos bordados a mano, pértigas y simpecados poblaban las blancas paredes.

-Estás en la torre Este de la Iglesia Mayor y te acabo de mostrar como luciría aquí un museo cofrade, cosa que el Ayuntamiento baraja en la actualidad con la complacencia las cofradías. Daría la bienvenida a los visitantes el paso del Corpus en el piso de abajo. Ahora ven conmigo al campanario. Por cierto, no te he dicho que soy tu fantasma del Presente.

Desde el impresionante campanario podía verse la plaza abajo abarrotada. Muchos niños se apiñaban alrededor de un tiovivo y gritaban de emoción en la casita de Papá Noel. Los adultos iban de aquí para allá con bolsas de compra o conversaban alrededor de tazas de café y dulces en la terraza de Mallorquina. Un colosal árbol con miles de luces los protegía a todos con su altura filistea.

Berraquero señaló y siguió con el dedo una figura oscura y sombría que atravesaba la plaza sin mirar a nadie, con las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo alzado.

-Ése eres tú, camino de la plaza del Rey a encontrarte con el almirante Lobo – dijo- y fíjate lo que te estás perdiendo en tu ensimismamiento. Señaló de nuevo, esta vez hacia una mesa de la Mallorquina. Mis amigos y tú, mi querido hermano Jaime, me mirabais sacudiendo la cabeza con tristeza. En tus labios pude leer como les decías “desde el diagnóstico no quiere saber nada de nadie”. Observé que ese otro yo se detenía un momento en la puerta del Centro de Congresos y daba una moneda a un indigente que no hacía más que tiritar.

– Mi moraleja es ésta, querido aprendiz: todos los problemas tienen solución y, si miras a tu alrededor, verás que no eres el centro del mundo. Los hay con problemas aún mayores que los tuyos…

Con dos palmadas suyas me encontré repentinamente en una carretera. Alfonso se había volatilizado. Frente a mí, al otro lado de la calle, había un senda flanqueada con palmeras con luces que se extendía al fondo hasta una construcción con arcos que parecía restaurada y ampliada. A un lado decía “Hotel Huerta de la Compañía”. Caí en la cuenta de que estaba en la carretera de la playa de Camposoto justo cuando un chaval fornido y con tupé imposible se acercaba a mí por la avenida de las palmeras. Iba vestido a la moda, con zapatos de charol que destellaban y una gorrita que le cubría la coronilla.

-¡Qué pasa tío!. Debes ser tú, he recibido una llamada en my phone. Soy el fantasma del Futuro. Como vienes del pasado, seguramente ya me conocerás. Soy Abraham Mateo, aunque en esta época se me conoce más por Bram Mateo. Ya sabes, por la internacionalización, el mercado musical de Estados Unidos y todo ese rollo. Renovarse o morir, brother– dijo mientras gesticulaba mucho y me obligaba a chocar esos five.

Desde la puerta de su hotel me señaló y nombró cada uno de los otros establecimientos hoteleros que flanqueaban la carretera frente al Parque Natural que abarcaban desde la zona de Janer hasta la rotonda de las banderas de acceso a la playa. Ya no había cuarteles.

-Me toca concierto aquí esta noche. Todos los hoteles están de bote en bote para verme, soy una estrella mundial. Pasado mañana habrá también competiciones de carrovelismo desde Cádiz hasta la Punta del Boquerón. Y, aún no lo sabes pero yo te lo digo, tu hermano Jaime dirige este hotel y tú aquel otro. Lo harás cuando te recuperes de tu enfermedad- dijo mascando chicle.

Me cedió unos prismáticos que llevaba al cuello y señaló el Hotel Playa Janer. Enfoqué el luminoso de la azotea que rezaba “Feliz 2027” y fui bajando hasta una ventana iluminada en la que me vi a mismo con abundante pelo canoso y unos cuantos años más viejo tecleando en un ordenador portátil. Sobre la mesa había retratos de una mujer, dos niños y un perro labrador, todos rubios como suecos, incluso el perro.

-Diego, mi moraleja es que tengas fe, el futuro está aún por suceder y, aunque lo veas todo negro en la actualidad, has de seguir adelante día a día. Estamos en una ciudad marítima y nunca sabes lo que puede traerte la marea, bro. Nunca pierdas la esperanza.

Dicho esto, se puso el dedo corazón y pulgar en la boca y silbó tan fuerte que tuve que agacharme y taparme los oídos. Cuando volví en mí, estaba nuevamente frente al corazón de Jesús. Éste ya no mostraba los tres dedos pero le asomaba un sonrisa traviesa y me guiñaba un ojo. El muy ingenuo no tenía ni idea de que le quedaba sólo un año sobre la fachada del Ayuntamiento. De saberlo no se hubiera reído tanto.

Querido Jaime, como te he dicho, sólo quería hacerte partícipe de esta extraordinaria historia que me sucedió una noche mágica de Navidad. Sólo decirte que las enfermeras me tratan muy bien, mejoro cada día y los médicos dicen que mi dolencia va remitiendo lentamente.

Felices Fiestas. Os envío un gran beso y muchísimos abrazos desde el hospital psiquiátrico de Jerez.

 

 

A mi querida madre Ana, esa loquita promotora e inductora de mis sueños y fantasías.

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

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