Publicado el: Mar, 31 Oct, 2017
Opinión

Thriller

Miércoles, 31 de octubre de 2018.

-Esto ya se podía haber hecho hace varios años- protestó el hombre bajito de ceño siempre fruncido y manos entrelazadas en la espalda.

-Hombre Pepe, no todo se pudo hacer cuando tú eras alcalde. ¡Cada cosa a su tiempo! -exclamó el teniente de alcaldesa con tono de cachondeo mientras se peinaba las espesas canas y se recolocaba la corbata por enésima vez.

Delante de ellos, la presidenta de la Junta de Andalucía y la alcaldesa estudiaban un plano y charlaban animadamente mientras el fotógrafo del Ayuntamiento revoloteaba cual mosca sobre pasteles de la Mallorquina alrededor de la comitiva lanzando fotos. La alcaldesa, con su nuevo traje de ejecutiva rojo con ribetes negros en las solapas formando una V perfecta, estaba radiante y sus ojos centelleaban un fulgor de triunfo singular aquella tarde.

La inusual compañía marchaba por el tramo arenoso que discurría por delante del Cementerio de los soldados, popularmente conocido como “de los ingleses”, mientras el sol se ponía lánguidamente en el brumoso horizonte. Las obras de dragado de lodos que llevaba un par de días desarrollando la Junta para reflotar el club náutico de la Casería suponían la excusa idónea para hacer un reportaje especial para las redes sociales sobre las magníficas relaciones entre el gobierno local y el autonómico.

-Pues a nuestra sede no paran de llamar vecinos diciendo que las vibraciones del dragado les están molestando demasiado -soltó el líder de la oposición frunciendo el ceño una vez más y señalando las tres faraónicas torres mirador construidas hacía años a escasos metros de la playa-. La vibración es tan fuerte que ha derribado otro muro del camposanto y se transmite bajo éste y hasta sus viviendas…

Las dos mujeres se miraron entre sí negando con la cabeza y observando a aquel señor con chaqueta dos tallas mayores con gesto de desaprobación. Los celos profesionales y la rivalidad subyacente entre ambas quedaban siempre aparcados a la hora de plantar cara a la oposición.

-Pepe, -dijo la presidenta señalando las enormes máquinas succionadoras sobre el agua- esos cacharros están pensados para hacer el menor ruido posible y deberías alegrarte de que estemos acometiendo una obra tan necesaria.  Además, hoy también es motivo de fiesta para San Fernando. Venimos de inaugurar el museo de Camarón y tendrías que estar satisfecho ya que tú mismo luchaste mucho por ponerlo en marcha.

Si es que a esa esperpéntica caja de zapatos futurista se le puede llamar “museo”- pensó la presidenta sonriendo y mostrando toda la dentadura al ver por el rabillo del ojo que el fotógrafo disparaba-.

-Deberíamos irnos, se está haciendo de noche -dijo Fran, el teniente de alcaldesa -no me gusta nada esa rara niebla que viene de Cádiz. Parece que va a ser una noche de Halloween oscura y brumosa, pero nos viene de lujo para la celebración del Pasaje del Terror en la Alameda, y los López-Lamela también estarán contentos en Camposoto.

Mientras todos miraban al mar y la neblina absortos, la alcaldesa sintió algo húmedo en el cuello y se limpió con la mano bajando la mirada a la orilla.

Un momento. No hay olas, estamos en el saco interno de la bahía –pensó confusa a la vez que se giraba al escuchar un ronroneo poco habitual-.

El espectáculo infernal con que se topó la hizo retroceder espantada cayendo al agua de culo. Una especie de cadáver ponzoñoso mordía febrilmente el cuello del fotógrafo que espurreaba sangre a raudales. Pepe, unos metros atrás, forcejeaba y pataleaba gritando en el suelo mientras otro cadáver pretendía morderle la papada con ansiedad:

Acceso principal al cementerio de los Ingleses.

-¡Son los soldados; los del cementerio!, ¡los hemos despertado nosotros con las puñeteras obras!… Socorro, quiere degollarm …

Con un ruido espeluznante, el cadáver vestido con una casaca llena de condecoraciones en la pechera le arrancó la nuez. A su espalda una veintena de guiñapos más vestidos con andrajosos y ajados uniformes militares se acercaba a zancadas lentas hacia los VIP supervivientes. Cerca de los muros caídos y la puerta triangular del cementerio, entre chumberas y mala hierba otros se aupaban de sus tumbas entre los escombros, algunos de ellos puros esqueletos amarillentos.

La caterva ávida se acercaba rápido dando dentelladas. Uno mordió a la alcaldesa, que se quedó mirando su muñeca izquierda ennegrecida aullando de pánico y dolor. La presidenta de la Junta, aterrorizada, había recogido un fémur huérfano del suelo y trazaba círculos a su alrededor tratando de alejar a las bestias famélicas.

Al ver a Fran a su vera paralizado de espanto, una idea fugaz cruzó su despierta mente de lideresa regional avezada. Con un empellón de hombro lo empujó hacia el grupo de soldados cadavéricos. Fran cayó en el centro del diabólico grupo con los ojos muy abiertos por la sorpresa de la traición inesperada. El horrible sonido de la carne desgarrada le reafirmó en que era la más inteligente y mejor preparada para supervivir.

Tenía que ganar tiempo -se justificó a sí misma para alejar el fantasma de la mala conciencia-.

La presidenta levantó ágilmente a la trastornada alcaldesa por un brazo y la armó con una tibia rota pero afilada. Espalda con espalda se defenderían de esas criaturas hasta que pudiera volver a ganar tiempo a costa de su compañera herida, zambullirse en el mar y nadar hasta la Carraca. Ese era el audaz plan que tenía en mente.

No pudo por menos que gritar de decepción cuando se volteó y vio la cara descolgada de no-muerta de Patri. Con los ojos negros hundidos y perdidos, la piel mortecina y el traje rojo con solapas negras en forma de V, imaginó que de pronto la alcaldesa iba a ponerse a bailar como Michael al frente de la cuadrilla diabólica. ¡Era una de ellos!

La derribó de un puntapié y, con la fuerza descomunal de una sevillana trianera, se abrió paso a empujones echando a correr hacia el Puente de Ureña con los cadáveres purulentos pisándole los talones. Mientras subía el puente inclinado metió un pie en un gran agujero y cayó de bruces.

-¡Maldita sea mi estampa!, si hubiese mediado para que restauraran ese puñetero cementerio y este condenado puente ahora no me vería en este berenjenal -gritó-.

Se levantó a tumbos y cruzando caños y piezas agitó los brazos con el móvil encendido para llamar la atención de los guardias de garita del camino de la Clica. Unos segundos después oía el zumbido de balas y el estallido sordo de cabezas huecas a su espalda. Demasiado tarde; con horror vio que la alcaldesa se le había enganchado a una pierna royéndole un tobillo. La no-muerta dejó de morder por un momento y mirándola descarada con ojos rojos maléficos arqueó los labios y dijo con voz de ultratumba:

-No es no…

 

La alarma saltó estruendosa desde la mesita de noche. La inconfundible sintonía del himno del partido sonaba alegre y despreocupada. Desde la cama, desperezándose y abriendo un ojo legañoso se incorporó sobre los codos y miró a un lado y hacia el otro. José María roncaba como un borrico a pierna suelta. De repente le asaltó un recuerdo y la cara se le torció en un mohín de desagrado.

Se tiró hacia atrás con fastidio golpeando la almohada con el puño para atusarla y cerró los ojos. Antes de caer de nuevo en el sopor del sueño, dejo escapar algo entre murmullos:

-Maldito Pedro, aún me provocas pesadillas…

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

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