Publicado el: Sab, 23 Sep, 2017
Opinión

En busca de la Inspiración

Hallando los mensajes ocultos.

Se aproximó lánguidamente a la ventana desperezándose. Mientras terminaba de ajustar el cuello y colocarse el diminuto corbatín, corrió distraídamente el inmaculado visillo. Desde su balcón del tercer piso la vista era imponente; la iglesia Mayor, como el pueblo la llamaba popularmente, se alzaba señorial y pomposa. En la torre que quedaba más cerca, las campanas tañían con jolgorio señalando las doce, la hora de misa. Desde su posición advertía como Nuestra Señora del Rosario y San Pedro Apóstol se disputaban el honor del repicar más atronador.

Mientras se colocaba su mejor chaqueta y se calzaba los lustrados botines que le había dejado de buena mañana Basilio, el anciano encargado de la hospedería, le vinieron destellos de su viaje y llegada la noche anterior. Desde que el Congreso de los Diputados le encargara la confección de la obra un par de meses atrás, no había dejado de obsesionarse con ella; “un cuadro sobre el Juramento de las Cortes de Cádiz en 1810”, dijeron lacónicamente los mandamases. Pasó casi tres semanas buscando la inspiración necesaria para saber qué plasmar en su tela, pero sin éxito. Abatido y enfrentado a un lienzo en blanco, concluyó que la mejor manera de hallar a las Musas era visitar el lugar donde todo había ocurrido, y debía hacerlo a la mayor prontitud posible-ya que el encargo era apremiante- y totalmente de incógnito. Nadie podía sospechar que el reputado pintor Don José Casado del Alisal andaba escaso de imaginación y había extraviado la inspiración. Ni corto ni perezoso abandonó su estudio parisino para subir a bordo del Destino que, en su viaje a la colonia francesa de Argelia desde El Havre, hacía escala en Cádiz para abastecerse.

Tras un eterno viaje en carreta de casi una jornada por el camino del arrecife durante el que se deleitó con las vistas de la bahía gaditana, finalmente llegó a su destino, la Villa de la Real Isla de León, rebautizada como de San Fernando allá por 1813. Se alojó con nocturnidad en una hospedería en la que antaño habían sido huéspedes los diputados de las Cortes, un sobrio edificio neoclásico abalconado de tres plantas más azotea que quedaba justo en frente de la iglesia donde aquéllos se habían juramentado. Se presentó como Monsieur Jules Mauté de Fleurville, simulando ser un francés de origen español que había decidido adquirir una finca de recreo en la Isla en perspectiva de iniciar ciertos negocios futuros en los muelles gaditanos.

Tras un frugal desayuno, nada más salir por la puerta del hotelucho se percató de que aquella minúscula ciudad le apasionaba. Por delante de la iglesia y procedente de Cádiz pasaba el llamado Camino Real que desembocaba en el puente de los Zuazo, algunos cientos de metros calle abajo. A ambos lados de la arteria sin pavimentar se sucedían casas señoriales de estilos dispares. Todas tenían un escudo heráldico en su fachada principal y en todas había un trasiego importante de animados sirvientes que realizaban sus labores habituales. En la plaza de la iglesia cuantiosos puestos ambulantes ofrecían a voces productos gastronómicos de la tierra. Algunos tenían marisco recién capturado y unos peces tan frescos que daban potentes brincos en sus talegas. Los carruajes se detenían para comprar aquellos manjares y niños despeinados con harapos y alpargatas se arremolinaban en torno a los caballos con zanahorias. Por un momento se imaginó a los envarados diputados unos cincuenta años antes caminando entre toda aquella caterva camino de prestar su juramento procedentes de la Sala Capitular del Ayuntamiento. De buena gana hubiese pagado unos cuanto reales por presenciar el chocante espectáculo.

Sacudió la cabeza, se atusó las barbas y entró con parsimonia en el templo. Le impresionó la atmósfera oscura solo horadada por la luz de algún quinqué y velas dispersas. Se acercó a un ara a la derecha que aupaba la venerada imagen del Nazareno de la Isla. Quedó absorto unos momentos mirando los ojos hipnóticos y sin fondo de la figura preguntándose qué secretos esconderían. “Sólo para sus ojos”- musitó.

Campanario de la Iglesia Mayor.
Foto Alejandro Díaz.

Ahora caminaba junto a las bancadas dirigiéndose al altar mayor, cerca del cual sin duda tuvo que darse el juramento de los convocados, cuando una figura arrodillada en la primera fila le sobresaltó. Iba vestido de sacristán y portaba un incensario.

-¡Basilio!, vaya sorpresa, no esperaba verle por aquí. Le hacía en sus labores en la hospedería. ¿También es usted sacristán además de posadero?.

La figura no se inmutó y levantando la cabeza clavó la vista en altar comenzando a hablar con la voz rota por la emoción.

-Señor mío, he estado esperando su visita durante muchos años, medio siglo al menos. Anoche cuando le recibí en el hostal no me encajó mucho su historia. No tiene usted aspecto de franchute. Créame, los conozco. Por eso, mientras tomaba su baño, cometí la osadía de mirar su maleta descubriendo su verdadera identidad, don José, y el propósito de su visita. Sé leer y vi la carta del encargo del Congreso de la Villa de Madrid.

-¡Pero cómo se atreve a registrar mis cosas, infame y miserable villano!- bramó iracundo mientras no daba crédito a lo que escuchaba.

-No me juzgue tan severamente o con la misma severidad será juzgado. Soy un pecador y quiero confesarme con usted. A buen seguro que encontrará inspiración para su cuadro si es lo que ha venido a buscar aquí – se volvió y miró fijamente a los ojos del pintor- Deje a un lado su indignación y escúcheme. Yo estuve allí, en el juramento, era el monaguillo…

– De acuerdo, prosiga. Pero le advierto que si no me persuade lo que cuente le denunciaré a las autoridades.

– No le decepcionaré. Yo fui el monaguillo, apenas un niño de doce años, aquel lejano 24 de septiembre de 1810. Ya soy sexagenario. Entre los diputados había dos afrancesados partidarios de Bonaparte infiltrados que pretendían sabotear al grupo. Uno de ellos me captó durante la misa desde el grupo de religiosos en el altar mayor. Me miró de rabillo y me hizo señas para hablar después de la ceremonia. Prometió una fortuna para sacar a mi familia de la pobreza – tragó saliva amargamente para continuar-, pero había otro aún más peligroso, el cabecilla. Casi siempre iba vestido de negro, cuello blanco alzado y pajarita negra. Era cejijunto y de pelo canoso plateado, mal encarado y con parchetones rojos de borrachín en los pómulos. Durante el juramento no levantó su mano y se lo pasó mirando al sacerdote y diputado por Extremadura don Diego Muñoz Torrero. Le consideraba el promotor y líder y conspiraba continuamente para asesinarle. Recuerdo su mirada de odio desde ahí mismo, en el centro y entre todos, debajo de la lámpara de aceite junto al altar.- Señaló justo donde se había situado el pintor que miró primero hacia el suelo y luego dio toda una vuelta sobre sí mismo analizando el entorno y la lámpara-.

-¿Está seguro de lo que dice, Basilio?-contestó intrigado-, pero nadie ha mencionado nunca una palabra sobre la presencia de afrancesados o traidores…

-Por supuesto, se aseguraron de no dejar pistas, especialmente seduciendo para su causa a un niño menesteroso cuya palabra no tenía ningún valor. Cuando la cosa no salió como deseaban me obligaron a envenenar el pozo del que se salía el agua que bebían los diputados. Los primeros en morir fueron criados y vecinos. El veneno ocasionaba síntomas parecidos a los de la fiebre amarilla, por lo que lo consideraron un brote de ésta, muy en boga por entonces. Los diputados asustados huyeron a Cádiz ilesos. ¿Lo comprende?, maté a muchos de mis conciudadanos, mi gente, y necesitaba confesar mi crimen para que usted pudiera plasmar la verdad de alguna manera en su pintura. Era mi oportunidad de redimirme -en ese momento gruesas lágrimas rodaron por su cara-.

-Le entiendo, Basilio. Pero nada puedo hacer por usted, es algo que pesa sobre su conciencia y debe hacer las paces a solas con nuestro Señor. Yo no soy más que un artista. Quede usted con Dios –sentenció dándole la espalda y marchándose consternado por la gravedad de la confidencia.

A la mañana siguiente, mientras realizaba su habitual ritual de vestimenta, le extrañó no encontrar sus botines lustrados junto a la puerta. Un rumor sordo de gentío parecía provenir de la plaza de la iglesia. Descalzo y soñoliento se acercó a la ventana trémulo y descorrió el visillo blanco de golpe. Descubrió horripilado el cadáver ahorcado de Basilio que pendía inerte del badajo de Nuestra Señora del Rosario. Iba vestido de monaguillo, toga blanca con cuello rojo y de su mano derecha pendía el pequeño incensario humeante que debió usar durante la misa del Espíritu Santo con los diputados cincuenta y dos años atrás. Un puñado de palomas grisáceas aleteaban airadas a su alrededor reclamando el espacio invadido en torno al campanario.  La muchedumbre abajo en la verja lloriqueaba con gritos ahogados.

Tras la ventana cerrada y frente a tan patética escena, él también prestó un juramento, pero a sí mismo:

-Tranquilo pobre y desdichado anciano, de algún modo contaré tu amarga historia de sufrimiento en mi lienzo. Estará ahí mismo, reflejada pero velada dentro del cuadro y sólo la verá quien la busque intencionadamente.

Gracias por devolverme la Inspiración…

 

A mi abuela Rosa, mi verdadera Musa y segunda madre. Guíame desde la eternidad. 21/07/2017

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

Mostrando 1 comentario
  1. azulino dice:

    bonita historia, de nuestra isla

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