Adiós, querida Cataluña, adiós

Los años 1764, 1873, 1931 y 1934 son los antecedentes históricos en los que Cataluña emitió una proclamación unilateral de independencia. Doscientos cincuenta y tres años después continuamos con el conflicto. Es cierto que todos los anteriores fueron impedidos, y que esté podrá también ser obstaculizado desde el punto de vista jurídico-político. Sin embargo, este tempusiter debería suscitarnos una reflexión: si pasado estos años, y considerando lo que supuso el siglo XIX y XX políticamente, el ánimo nacionalista-independentista no ha remitido ¿no habría que cuestionarse mudar el debate?

Si caemos en el absurdo de interiorizar el contenido del discurso político y periodístico actual, incurriremos en el error de considerar que esto acaba el próximo 1 de octubre. Sí, es verdad, el 1 de octubre no se celebrará con alta probabilidad o, al menos, no con las garantías debidas, pero ¿y el día 2? ¿acaso se volatilizará la construcción ideológica y doctrinal que el nacionalismo catalán ha implantado en las bases sociales de Cataluña a lo largo de la historia? ¿se extinguirá el discurso emitido durante años con la anuencia del Estado? Porque sí, nuestro Estado es responsable directo de lo ocurrido. Absolutamente. Cuando se ha necesitado del apoyo electoral de los grupos parlamentarios catalanes del sesgo independentista para la formación de gobiernos o aprobar unos Presupuestos Generales del Estado, entre otros, ha sido a cambio de la condescendencia del Estado hacia el nacionalismo.

Ahora utilizan el argumento de que el Estado debe ser preservado y la soberanía nacional mantenida en el conjunto del pueblo español, cuando su democracia perfecta ya liquidó el Estado en las negociaciones de la “cuestión territorial” durante la transición y traficaron con la soberanía en agosto de 2011 con una rauda reforma constitucional y para la que no mostraron diligencia alguna al hablar de “soberanía nacional”. Hablan de Estado de Derecho, cuando el partido del gobierno forma parte de un entramado criminal y su sistema aún mantiene instituciones tan anacrónicas como las prerrogativas o el fuero procesal a los parlamentarios. Y, sobre todo, dicen hacerlo por la democracia, la misma que admite que un juez presuntamente prevaricador, en su auto 301/2017 del Juzgado de lo Contencioso-Administrativo nº 3 de Madrid, víctima de su propia ideología, censure debates, sin motivación jurídica eficiente, provocando la conculcación dederechos tan básicos como los de libertad de pensamiento y expresión con tutela judicial por la vía de excepción y amparo constitucional o la misma que permite escenas más propias de años pasados, como la intervención de imprentas, la incautación de panfletos y carteles que materializan el apoyo a una manera de pensar, detenciones o registros domiciliarios, parece que hemos olvidado cuando también el propio concepto de “democracia” era perseguido, ya que “era contraria a la legalidad vigente”, quizás deberíamos ir convenciéndonos de que enjuiciar en parámetros de justicia material nuestras leyes es, en efecto, fundamento de la propia democracia destinada a ser conservada.  Acomplejados demócratas ocupan nuestras instituciones.

Si finalmente no se celebra el 1-O, o se cae en el flagrante error de aplicar el artículo 155 de la Constitución, por otro lado, único artículo conocido, no se hará más que capitanear un proceso que tiene una única solución: la independencia. Esto sólo provocará aumentar la tensión social y la desafección a un conflicto del que, sustancialmente y después de una larga meditación, tengo el convencimiento que la única salida es la desconexión, eso sí, pactada, negociada y consensuada.

Nos encontramos ante un problema que no es jurídico,éste es sólo el elemento instrumental sobre el que debe pivotar la resolución del mismo, es un problemapolítico de raigambre social. No hablamos de una masa organizada políticamente para hacer oposición legítima. No. Hablamos de una sociedad que, durante más de trescientos años, por lo que es inevitable la transmisión generacional, se ha doblegado a la inercia del devenir político pero que no ha abandonado su pretensión, y eso, debe persuadirnos a entender que la ruptura social ya ha sido consumada, ahora padecemosla continuación de lo mismo.

Podemos mantenernos en nuestrainamovible desazón y estar batallando entre gobiernos, tribunales y sociedades eternamente, porque el día 2 de octubre esto continuará hasta el nuevo intento de celebración de un referéndum. Ni las inhabilitaciones políticas, ni las prisiones, ni siquiera el impedimento político y jurídico de la celebración del referéndum logrará modificar una concepción, que, por otraparte, podemos considerar intrínseca a un amplio sector de la sociedad catalana.

Así que ha llegado la hora de recapacitar, y empezar a buscar soluciones, porque no podemos seguir empleando recursos económicos y humanos dirigidos a la paralización de un conflicto que no tiene solución, o al menos aquella que nos gustaría que tuviera, pero que inexorablemente no conoceremos.

En mi opinión sólo existe una solución: negociar la desconexión. Ellos serán los que deban asumir las consecuencias. Pero debemos dar ese paso. Y no es correcto argumentar que jurídicamente no es posible, el derecho,y concretamente nuestra configuración constitucional, posee la virtud de que mediante al acuerdo todo sea posible, aunque implique reformas. En cambio, para ello, es necesaria voluntad política de negociación, la misma que no está alcance de nuestros políticos, cuya única razón radica en el inmovilismo, el patriotismo ilustrado y el saqueo de lo público. Son unos ineptos.

La sociedad catalana ya nos abandonó hace mucho tiempo, ahora nos use la sola organización administrativa, salvo que nuestra concepción del Estado sea así de frágil.

Gran parte de sus ciudadanos no se sienten parte de nuestro modelo de vida, o simplemente no compartimos los mismos sentimientos por España y su historia. Yo me siento orgulloso de pertenecer a ella, pero no podemos obligar a otros que lo estén, ni mantenerlos forzadamente, porque perderíamos nuestro sostén como Estado democrático y libre. Así que, por mi parte, no tengo más que decir: adiós, querida Cataluña, adiós.

Sobre el autor

Sergio de la Herrán Ruiz-Mateos

- El peso de la razón, del argumento frente al dogma, que, por otro lado, constituye la esencia de una sociedad democrática.

Mostrando 2 comentarios
  1. Miguel dice:

    Estoy asombrado por este artículo, has puesto el dedo en la llaga.y tienes toda la razón. Hay una España arcaica que se resiste a desaparecer. ..y que se perpetúa en el partido popular. El máximo responsable de todas nuestras desgracias

  2. Luis Fernandez-Llebrez dice:

    Me parece sencillamente lamentable que alguien con muchos conocimientos de derecho como tu llames a un juez en ejercicio “presunto prevaricador” cuando no hay ni investigación al respecto ni pruebas. ¿Te olvidaste de la presunción de inocencia?.
    Y es patético que compares la actuación de la policia a las ordenes de un juez y con todas las garantias legales y procesales con las actuaciones de la policia en tiempos de Franco sin base juridica, caprichosas y dirigidas por un comisario de lo social. Y te recuerdo que yo viví esa época y tu hablas de oidas seguramente de alguien que estaba mas pendiente de ligar que de los “grises”.
    Y según tu toda la culpa es del estado. Los nacionalistas no tienen culpa alguna, parece ser que los hemos invadido aunque ellos hagan que cuando vamos a Cataluña nos sintamos extranjeros y se ocupan muy mucho de dejarlo claro. Invasión es lo que hicieron los ingleses en Escocia que no dejaron títere con cabeza y además no invirtieron una libra en el desarrollo de los escoceses. ¡Igual que España ha hecho con Cataluña!. Llevamos 500 años invirtiendo allí todo lo que se desinvierte aqui. ¿Y somos nosotros los que les robamos?.
    Yo también quiero la independencia para Cataluña, pero para que nos dejen en PAZ de una puñetera vez. Perderemos, evidentemente que perderemos, pero la PAZ no tiene precio.

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