Publicado el: Dom, 6 Ago, 2017
Opinión

Tiernos veranos de los ochenta

Ayuntamiento de San Fernando. Años 80. Fotografía Ángel López.

A veces, en las noches de calima leonina como hoy, cuando el calor se hace insufrible, suelo prepararme un té helado con una pizca de azúcar moreno y reclinarme en el sofá en la penumbra. En ocasiones leo, otras garabateo unos cuantos párrafos improvisados pero la mayor parte de las veces entorno los ojos y reflexiono, rememoro o sólo cavilo sobre los hitos del día. Indefectiblemente haga lo que haga, Pumba, mi bulldog francés negra como un tizón, decide que es el momento perfecto para echarse en mi regazo a roncar como un camionero.

Hoy es un día de esos en los que entorno los ojos y viajo con mi mente a San Fernando a algún momento en su historia en el que yo estuviera presente. La propia niñez de uno es un momento delicioso y recurrente al que volar con las alas de la memoria.

Recuerdo como si fuese ayer los gritos, correteos y risas de los niños que éramos allá por 1986, cuando aún pervivían las camisetas de Naranjito. Tras un sorbo de té y mientras mastico un cubito de hielo, vuelvo a la calle donde viví toda mi infancia, San Francisco de Asís, una paralela a la calle Real que partía desde el colegio “La Salle chica”-donde nos colábamos a coger la pelota siempre embarcada-, y llegaba hasta los aledaños de la cueva de la Iglesia Mayor.

Era todo un gustazo tener el centro a tiro de piedra y solíamos echar una carrera subiendo San Cristóbal, cada cual con el horrendo uniforme de su colegio; Miramar, el Liceo, las Carmelitas o Compañía de María. Más suerte tenían los de La Salle que no llevaban uniforme, pero iban cargados con una flauta y un libro de caligrafía perpetuos. En un santiamén teníamos delante la esquina de Ruceco, en cuyo escaparate pegábamos nariz y mofletes para admirar las preciosistas bicis mientras decíamos en voz alta eso de “dioooohhh”.

A mis ojos de niño la Real me parecía una calle excitante y bulliciosa. Lo era, de hecho, y estaba cuajada de pequeños comercios de ropa, zapaterías, quioscos, ultramarinos y un sinfín de refinos, (en palabras de mi abuela). Lo primero que veías eran las dos altísimas palmeras rodeadas de parra trepadora. Parecían enormes piñas alargadas de color clorofila. A su lado, una hilera de árboles, setos y arbusto enmarcaba la plaza del Rey. Al Varela, que de aquella alcanzabas a tocar el agua manante de los frisos laterales, ni se le veía. Delante de él, como batallones cuadrados, uno junto a otro los cuatro quioscos de helado; a saber: Frigo, Camy, Menorquina y Avidesa.

Allí en la plaza del Rey iniciábamos nuestro periplo, en cuyo carrillo comprábamos todo tipo de porquerías dulces y saladas. Otra cosa que hemos perdido, los carrillos. Había muchos en los ochenta, ¿quién no recuerda el de la Alameda o el de la plaza del Carmen, u otro junto a la taquilla del cine Almirante y también en la esquina del bar la Gran Vía? La calle principal también estaba jalonada de quioscos de prensa entre los que destacaban principalmente dos, uno delante la Mercería Salas y el Círculo de artes y oficios y otro frente por frente a la librería Piorno.

Bares como el Carioca o la Gran Vía siempre estaban hasta arriba con toda la animada clientela charlando y tomando cervezas fuera del local. El Nanay, en la cuesta de la cárcel tampoco le iba a la zaga y fue un referente durante muchísimos años. Tuvimos también una buena zona de marcha bajando la calle Velázquez (la esquina de La Cita) con un par de discotecas que junto con la Royal de la calle San Marcos, la Factory y el Cachalote conformaban una buena oferta, aunque esta última era más para puretas. Años más tarde la marcha se trasladó a varios lugares, primero a la calle San Nicolás que fue un hervidero nocturno con Barlovento y más tarde alrededor de la Bodeguita.

Calle Real de San Fernando. Años 80. Fotografía Ángel López.

Para mis redondos grandes e inquisitivos ojos de niño el Cine Almirante también suponía un gran espectáculo ya que me encantaban las pelis ochenteras. Después de comprarme un cucurucho de dos bolas de helado de turrón en los Hermanos Picó, pasaba horas mirando los carteles y los cuatro fotogramas que colgaban de cada peli. Habitualmente había sesión matinal los sábados y podías ir gratis si llamabas a Radio la Isla y acertabas una pregunta. Marcabas una y otra vez aquel rudimentario teléfono de rueda hasta que te lo pillaban y entrabas en directo.

Pasear con mi madre por el recorrido que iba desde el freidor el Deán hasta la Alameda, donde las señoras se sentaban en tropel para charlar, esperar la salida del cole de los niños y para hacer punto como posesas, suponía una de las mayores experiencias de mi niñez. Todo estaba de bote en bote, los militares de reemplazo, llamados comúnmente “pelones”, ponían la guinda de sofisticación urbanita a una calle Real ajetreada, ruidosa y repleta de vida. Íbamos de una tienda a otra a hacer mandados; a llevar los tacones estrechos al zapatero para meterlos en la horma, a comprar todos los avíos y un hueso para el puchero en la plaza de abastos, a la costurera para cogerle a una blusa demasiado amplia, a echar la quiniela y por supuesto a los gitanos por si encontrábamos un juego de sábanas de tergal que no fuese muy feo. No había jueves en que no me trajera alguna mascota de allí y cuando no era un patito o un pollito, eran gusanos de seda. ¡Cuántas bolsas de hojas de mora fuimos a coger a la población militar de San Carlos en aquel Seat 133 blanco!

Con especial cariño recuerdo cuando me enviaban a la compra los mediodías de verano. En casi todas las familias la escena se desarrollaba más o menos así:

– Niño, vé an cá Vicente y compra dos barras de pan y un viena, pero que no te las dé blancas. Tráete también una Maizena y una Casera de limón fresquita. Y llévate el casco.

– Mamá ¿y me puedo comprar un Phoskito?, es que trae la manita esa que se pega junto con la estampita…

– Bueno vale, pero pá después de comer. Ah, y no se te olvide decirle que te dé la vuelta, que ése es muy vivo.

Apurando mi vaso de bebida helada no puedo dejar de recordar cuando después del capítulo del día de “El coche fantástico” a eso de las cinco de la tarde tirábamos para la playa en el coche de mi madre con todos mis primos abordo. Recordemos que en esa época aún Camposoto estaba parcelada y los isleños no podíamos acceder, por eso siempre íbamos a Torregorda o a el Chato, jugándonos la vida haciendo la pirula para cruzar desde nuestro carril hacia la entrada a la playa. Pero siempre merecían la pena las tardes de diversión en la cantina de Torregorda, con sus bastos y vastos bocatas de tortilla y las rudimentarias duchas en línea.

Éstas y otras como éstas son cosas que perdimos hace muchísimo tiempo y, seguramente, jamás recuperaremos esa Isla que ha quedado prendada en nuestros más tiernos recuerdos. Las largas veladas veraniegas sentados en sillas de playa en la plazoleta del barrio y jugando al bingo, cuando nuestros padres se disfrazaban con nosotros en carnavales (¿quién no ha tenido un padre o un tío que se disfrazaba de maruja enseñando el pecho peludo?), cuando la Feria del Carmen era el más grande evento en muchos kilómetros a la redonda o cuando un día de playa se convertía en la fiesta familiar del verano con cámara de rueda de camión incluida a modo de flotador gigante. Invariablemente los chiquillos salíamos del agua “escaldados” sin poder pegar los muslos. ¿Y acaso no todos hemos enterrado una sandía cerca de la orilla para comerla fresquita?

Quién sabe, quizás algún día pueda volver a revivir estas deliciosas sensaciones. A lo mejor en otro lugar, en otro tiempo y en otras circunstancias, masticando nuevamente hielo mientras apuro mi té en la penumbra y acuno en mi regazo a un perro aún por conocer.

Aún quedan noches de verano…

Fotos Ángel López, AFIL

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

Mostrando 1 comentario
  1. E.M.O dice:

    El carrillo de chucherias de la plaza del Carmen era de mi abuelo….que yo recuerde estuvo ahi hasta 1989-1990. Quede recuerdos!

Deja tu opinión

XHTML: Puedes usar las siguientes etiquetas HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>