Publicado el: Sab, 10 Jun, 2017
Opinión

El constructor de pirámides

Foto. Fede Cantó.

La camiseta de tirantes se le pegaba a la piel. Una última paletada y acabaría por hoy. Trastabilló unos pasos hacia atrás limpiándose los ojos con un roído pañuelo a cuadros y admiró su trabajo. El búnker estaba casi terminado y el sol de la tarde restallaba sobre su superficie hercúlea de hormigón.

De entre todos los isleños le habían elegido a él, no por azar del destino, sino porque era famoso en el pueblo por sus trabajos de albañilería fina. Los nacionales no daban puntada sin hilo y, aunque el búnker era básicamente una mole de cemento mezclado con cascotes y piedras de la playa, querían que un profesional en la materia supervisase la construcción y le añadiese una capa de ladrillo por encima para hacerlo aún más resistente. Ahí es donde entraba él, Paquito el de la Tomasa.

Anochecía y se encaminó macilento a su tienda de campaña sumido en pensamientos. Hoy le tocaba también hacer de guarda de la obra. Mañana se encargaría Pepín, Antoñete o cualquier otro miembro de la cuadrilla que él comandaba.

Mientras comía el cocido helado que Madre le había preparado se puso a pensar en su nueva ocupación. El abuelo le había enseñado el oficio de albañil allá en las casuchas de la Casería y se le daba fenomenal, pero ahora le apasionaba su nueva profesión de salinero. Con su burrito recorría diariamente los senderos apilando la sal con pasión en pirámides de nieve que llegaban hasta el cielo, refulgiendo en la distancia. Pero los franquistas fueron a buscarle a la salina Dolores y le sacaron casi a la fuerza para aquel trabajo puntual en la playa. Un recinto para guardar ametralladoras-dijeron

Miró al Castillo en el horizonte ya oscurecido observando curioso las luces de la fogata que el destacamento de vigilancia habría encendido seguramente para preparar la cena. Se preguntó si aquellos palurdos sabrían que profanaban un lugar sagrado. Don Ismael, el párroco de la Pastora y muy amigo del abuelo, le había instruido en su niñez y él siempre le pedía una y otra vez que contase la historia de los dioses antiguos del Castillo de Sancti Petri. Los Dioses de la Naturaleza de los primeros pobladores, una historia apasionante. En su momento hubo incluso un altar piramidal decorado en el centro de la aquella pequeña isla marina donde rezaban sus oraciones. Recordaba de hecho una de ellas que pervivió y se transmitió de generación en generación, llegando hasta sus tatarabuelos. Evocó en voz alta:

Cangrejo manco, ave rosada, concha espinada, pez plateado, alga marina y pájaro corredor. Dueños de las aguas, el aire y la tierra; señores del sol y de la luna. Escuchad las voces de nuestras almas. No existe Muerte sino Nacimiento. Amanecemos hoy por la fuerza del cielo, la velocidad del viento, la firmeza de la roca y la profundidad del mar…

Un estruendo le sacó de súbito de sus pensamientos. Como alma que lleva el diablo, de un salto salió de la tienda y corrió a zancadas siguiendo el sonido hacia la cima de la enorme duna que todo el pueblo conocía como la loma del boquerón, cercana a la batería de Urrutia. Desde allí podía otear a la luz de la luna llena de donde procedía el alboroto.

Siete barcas con republicanos isleños se habían aventurado en la oscuridad caño abajo seguramente tratando de huir del pueblo bordeando la costa chiclanera. Debían proceder del muelle de Gallineras. Paquito se quedó petrificado al presenciar desde su atalaya improvisada la masacre. Disparos intermitentes, zumbidos de balas, estallidos de huesos y gritos de dolor se sucedían en una espiral de horror y sangre.

Cuando se percató de que los rojos huidos desembarcaban a cien metros de la base de la duna perseguidos por los nacionales apostados en el poblado de pescadores, echó a correr hundiendo las piernas hasta las rodillas en arena. Con la sangre de las sienes palpitando frenética y el corazón desbocado llegó hasta el búnker y, tras bajar los peldaños de la entrada semicircular elevada, trancó la redonda puerta de metal. Por uno de los ventanucos podía divisar la luna hinchada, las estrellas titilantes y el castillo en tinieblas.

Desesperado como estaba no podía pensar en nada más que en tratar de salvar el pellejo para seguir construyendo sus pirámides saladas. Una vida simple pero feliz. Instintivamente gritó la oración a los dioses antiguos en una letanía interminable.

-¡¡Por favor, por favor, sacadme de en medio de esta locura!! No quiero morir…acabad con esta guerra. Cangrejo manco, ave rosada, concha espinada…

Al despertar, fue consciente de que se había desmayado de excitación y auténtico miedo. Debía haber dormido toda la noche porque la luz del sol se filtraba por algún lugar deslumbrándole. No se oían ya tiros ni explosiones, solo un rumor de risas, voces lejanas y ladridos persistentes. Desorientado se levantó y miró alrededor. Algunas granadas tenían que haber alcanzado su construcción porque estaba hecha una ruina. Totalmente agrietada y cejada parecía que se le iba a venir encima.

Salió como pudo por una de las anchas grietas y no dio crédito a lo que encontró al otro lado. Toda la playa estaba llena de gente en ropa interior que paseaba alegre y despreocupada. Unos yacían en el suelo tomando el sol tranquilamente, otros se bañaban en el mar como si allí no hubiese tenido lugar una batalla la noche anterior. Algunos más jugaban al fútbol o con pequeñas tablas de madera pasándose una pelota. Otros completamente desnudos deambulaban por la loma del boquerón, cuyo tamaño se había reducido a la mitad. ¿Cómo permitía el señor Alcalde y el Obispo aquello y qué había pasado con la moral cristiana?

Unos cientos metros más allá habían construido un segundo búnker. Se inclinaba peligrosamente hacia delante erosionado por la acción del mar. Lucía cosas pintarrajeadas y una extraña construcción en el techo a modo de garita. Se giró hacia el suyo y se le cayó el alma al suelo al verlo. Totalmente agrietado se escoraba mortalmente hacia un lado. Las olas rompían violentamente contra él y parecía que arenas movedizas se lo tragaban agónicamente.

Pesaroso comenzó a andar hacia el pueblo. La gente semidesnuda lo miraba impactada tal que acabara de volver del protectorado de Marruecos como don Enrique Varela. A los pocos minutos de caminata se topó con algo rarísimo. ¿Qué era aquello, un corral para perros? Pero los perros no ponían huevos, ni daban leche, ni se comían, o al menos no antes de la guerra.  Leyó el cartel de colorines del cercado en voz alta:

-Plaa-ya perruna. Tempoo-rada doss-mil dieciséis…

Aquello no podía ser posible, ¿había salido de su búnker en otro momento de la historia de España? Recordó cómo se encomendó a los dioses de antaño cuando creía que iba a morir en el fuego cruzado -¿Fueron ellos?, ¿así me salvaron?-. Aunque totalmente desconcertado se sintió afortunado porque seguía vivo y, excepto a su madre Tomasa, no había dejado nada atrás en el tiempo que fuera a echar de menos en esta Isla que ahora pisaba. No estaba aún casado ni tenía hijos y allá detrás se estaban matando entre hermanos en una guerra absurda. Lo que más iba a echar en falta era construir pirámides de sal y montar su burrito salinero Cigarrón. Pero en su mente ya estaba pensando en una solución para eso. Fanfarroneó y se jactó de las geniales ideas que se le ocurrían.

Muy decidido y orgulloso se encaminó en dirección a La Isla para implorarle al actual señor Alcalde que, a través del cacique del pueblo, le agenciase un puestecito en la floreciente salina de los Tres Amigos del Río Arillo.

Jamás podrían rechazar a alguien con su dilatada experiencia…

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

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Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

Mostrando 1 comentario
  1. Emilia de la Cruz dice:

    Un relato muy bonito. Enhorabuena. Magníficas descripciones.

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