Publicado el: Jue, 20 Abr, 2017
Opinión

Solo para sus ojos

San Fernando. Madrugá 2017

La noche era espectacular. El viento de levante se había retirado completamente dando paso a una velada con una temperatura ideal para aquella época del año. La Semana Santa estaba siendo todo un éxito entre propios y foráneos y una plaza de la Iglesia atestada de gente en aquellos momentos daba buena cuenta de ello.

Vicente inspiró profundamente el sutil aroma a incienso que le llegaba ondulante como la serpiente danzarina de un faquir. Desde su posición inmejorable en el balcón central de La Mallorquina podía ver de forma privilegiada la salida de la procesión. Después de mucho despotricar porque ya no cabía un alfiler en el balcón, su amiga Aurora le dejó al fin pasar como en ocasiones anteriores. Aún andaba un poco mosqueada por aquel asuntillo de la retirada del cartel de Soberano, pero no había mejor manera de convencerla que propiciándole conversación y Vicente ya era un experto en el arte de tirarle de la lengua y llevarla a su terreno.

El Nazareno concluía su baile ritual al son de la música de la banda en su salida triunfal y empezaba la marcha por la calle Real en dirección al edificio del ayuntamiento, momento en que la cuadrilla de cargadores realizaba la primera parada delante del edificio de Telefónica. La venerada imagen quedó mirando de frente al balcón y sus ojos se cruzaron con los de Vicente. En aquel momento, aquellas pupilas con reflejos y fuegos fatuos bailando en su interior le erizaron el vello de la nuca por lo que aquella mirada representaba para él y la carga intrínseca que conllevaba.

La carta 33-C -recordó- Y las capuchinas lo sabían. Por eso no querían irse o alejarse demasiado. Madri protettive, las Madres Protectoras-musitó.

Hacía tres años, a Vicente como especialista en Historia epistolar de la UCA, las autoridades municipales le había encargado que junto a su equipo organizase y catalogase la colección de más de 2.000 cartas, fotografías y otros documentos que se habían encontrado tras un falso murete durante unas obras rutinarias de consolidación de la archiconocida casa del clan Lazaga. El descubrimiento era soberbio y único en su especie. La clasificación  y registro de aquel enorme archivo de la familia se había llevado en  el más absoluto de los silencios y con reserva. Todo había transcurrido dentro de lo normal hasta que se topó con la carta 33-C, un antiguo documento que acompañaba a una carta sobre asuntos mercantiles, la 33-A, y a un inventario de bienes llegados por barco al puerto de Cádiz, a la que se asignó el código 33-B.

La C era una especie de anexo, una adenda a sus hermanas. Manuscrita por José María Lazaga a su esposa María del Carmen, en ella relataba cómo había adquirido la famosa casa como lugar de peregrinación para todo los integrantes de la Orden de los Protectores, una agrupación creada para conservar a salvo la “mayor reliquia de la Cristiandad que los tres genoveses habían traído a San Fernando para esconderla de Los Simoníacos, la secta asesina de religiones”, según decía la carta textualmente.

Vicente no daba crédito al relato que tenía entre las manos y donde se detallaba como la importante reliquia escondida en el interior de la cabeza de un Cristo que fue tallada a partir de madera procedente de la autentica cruz de la crucifixión, había llegado escondida en un  baúl al Mesón del Duque allá por 1766. Los portadores no eran sino tres monjes genoveses Camaldulenses, es decir, seguidores de Romualdo el santo.

Don José María Lazaga continuaba explicando cómo Los Simoníacos habían llegado poco después siguiendo el rastro de los monjes, logrando matar a uno de ellos que feneció alanceado contra los gruesos muros de un castillo-ribat, al que a partir de entonces el vulgo comenzó a llamar popularmente “de San Romualdo” por el religioso allí caído y que recibió sepultura en algún lugar sin señalar bajo el propio castillo, probablemente en una cripta oculta.

Los dos monjes a la fuga lograron entregar su valiosa mercancía a un grupo de montañeses o gentes venidas del norte de España “por su reconocida fe y acreditada hidalguía entre el pueblo llano” antes de partir hacia el muelle de Cádiz para montar en un barco con destino incierto.

La cabeza y las manos de aquella imagen sagrada contenidas en el baúl fueron pasando de montañés a montañés quedando finalmente en poder de la familia Lazaga, que automáticamente crearon una orden secreta para su protección y custodia. Décadas más tarde integrarían a las Capuchinas como madres protectoras, siendo su papel el de asesoras de la orden.

Vicente no cabía en sí de excitación y nerviosismo el día en que, junto con las autoridades públicas y los hermanos mayores de la cofradía, un grupo de expertos procedió a examinar in situ al Nazareno para comprobar la veracidad de tales afirmaciones.

Detrás del pelo de la parte posterior del alcalde perpetuo se encontró un pequeño agujero casi imperceptible que había sido discretamente taponado. Un cilindro de madera alargado, cuyo extremo se acercaba a la trasera de los ojos de la escultura, se ocultaba allí. Contenía un pequeño legajo de poco más de un metro muy bien enrollado, escrito en letra minuciosa y firmado con sangre humana. La firma rezaba “José de Arimatea”.

El tercer toque de llamador que levantó de nuevo al Señor de la Isla le sacó de su ensoñación y remembranza. Los ojos de fuego fatuo bailarín le seguían mirando fijamente, hipnóticos. Parecían querer decirle, Vicente…guarda el secreto, no reveles lo escrito y firmado con mi sangre por José.

Reflexionó un momento y fue verdaderamente consciente del hecho de que durante todos aquellos años, lustros y décadas, la procesión había desfilado por delante de sus fieles siendo totalmente ajenos al secreto inquietante que escondían aquellos ojos profundos e insondables. Solo un grupo de elegidos, entre los que él se encontraba, conocía lo oculto y disimulado. Lo velado para el común de los mortales era la verdadera historia de Cristo, la cara B del relato contada por sus protagonistas directo. Toda ella estaba escrita y escondida en un ínfimo legajo a escasos metros en medio de la calle y contenía los auténticos nombres, las fechas, la verdad de los milagros y el lugar exacto del enterramiento más importante para los hombres, cristianos o no.

El cilindro, una vez estudiado, volvió a su lugar de origen y el selecto grupo juró sobre la Biblia del altar de la Iglesia Mayor no desvelar jamás su contenido en ningún caso so pena de ser desmentido y negado oficialmente por el resto tachándolo de chiflado. Había sido curiosa aquella estampa que terminó emulando inintencionadamente el cuadro de El juramento de las Cortes de Cádiz en 1810.

Todos los elementos que podían poner la Historia y la humanidad patas arriba si salieran a la luz pública se encontraban en la Isla de León por arte y gracia de tres genoveses que, camino de no se sabe dónde, casualmente se detuvieron a descansar y fueron atacados aquí tras recorrer medio mundo huyendo de sus infames y sanguinarios perseguidores.

Con el suspiro de resignación de un científico que renuncia sus descubrimientos por ética y por evitar males mayores a sus semejantes, miró de soslayo la melena de ébano y la túnica morada de terciopelo ribeteado en oro alejarse entre vahos de incienso, música grandilocuente y conatos de saeta.

Solo para sus ojos- farfulló malhumorado.

 

Dedicado a mi amigo y cargador isleno Oscar S. Raposo Lagóstena.

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

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