La Madrugá: del terror a la gloria

Reconozco que llevaba días pensando sobre qué escribir este mes. No lo tenía claro. Aunque ya decidí que lo haría una vez acabada la Semana Santa, porque como cofrade he vivido esta semana con intensidad. Pero después de vivir la Madrugá sevillana no tengo dudas. Excepcionalmente a la línea que venía estableciendo en anteriores artículos, esta vez os relataré mi breve, por suerte, experiencia en aquella inverosímil noche.

Tuve la suerte de ser uno de los afortunados que no se encontraba en ninguna aglomeración de personas en el momento de las estampidas. Cruzaba el puente de Triana a las 4 de la madrugada en dirección a la Calle de Reyes Católicos por donde transcurría la Hermandad de la Esperanza de Triana cuando se produjo la estampida acaecida en ese lugar. Instantes antes, unos amigos y yo, ya pudimos ver nazarenos de la hermandad volviendo del lugar dónde transcurría la Hermandad, lo que nos llamó la atención. No obstante, pudimos comprobar que no todo iba bien cuando al enfilar la calle Pagés del Corro observamos a una madre con su niña, nazarena de la Hermandad, con el terror y las lágrimas en los ojos y que comentaban el miedo y la sensación de pánico vivida en la Calle Reyes Católicos. Para ellas la Madrugá había llegado a su fin.

Transcurriendo por la Calle San Jacinto ya nos llegaban noticias por las redes sociales que hacían indicar que la noche sería larga, y no precisamente por momentos cofrades que, afortunada y finalmente, pudimos presenciar, como la entrada del Señor de la Tres Caídas en la Campana, la subida del Señor de los Gitanos por la Cuesta del Rosario o el imponente caminar del Gran Poder.

Embocada la Calle de Reyes Católicos, a la misma vez que disfrutábamos del transcurrir de la trasera del palio de la Esperanza de Triana, al menos yo, me vi embriagado de la sensación ambiental que no se disimulaba en las caras de nuestros vecinos sevillanos. Muchos ya abandonaban la zona y se dirigían a casa, entre ellos gaditanos que como nosotros habían querido ir a disfrutar de la gran noche sevillana. Para ellos la Madrugá había llegado a su fin.

A continuación, ciertas escenas algo desagradables: ataques de pánico, llantos, desmayos, nerviosismo, nazarenos atemorizados huyendo del lugar, etc. Todo parecía indicar que la Madrugá llegaba a su término, especialmente después de conocer que la Hermandad de los Gitanos se planteó suspender su salida procesional por los sucesos, que tan mermada había dejado la noche y a los cofrades sevillanos.

Sin plantearnos la vuelta, o al menos no lo manifestamos al grupo, aunque he de reconocer que en mi rostro se hurgaba la psicosis vivida, mantuvimos la normalidad en la jornada. Mis amigos, aparentemente mucho más serenos, y especialmente hábiles supieron qué hacer como remedio del sentimiento cofrade herido: nos dirigimos a ver la impresionante recogida de la Hermandad del Silencio, la cual, a pesar de los momentos vividos, supo recomponerse y proseguir con su estación de penitencia. El imponente palio de María Santísima de la Concepción me hizo volver a abrigarme de pasión, sentimiento y Semana Santa.

Como la Hermandad del Silencio, Sevilla y su Semana Santa, supo rehacerse ante los hechos acaecidos. Allí la esperanza siempre perdura. Y con ello, la Madrugá transcurrió con la normalidad debida y, una vez más, nada consiguió acabar con la semana más grande del año. Y el último resquicio que esos instantes se merecen, pues nada debe ensombrecer tan mágica noche, es el deseo de la pronta y exitosa recuperación de los heridos.

Para aquéllos dementes de intenciones vanas va este mensaje: nada acabó con la Semana Santa, ni nada acabará. Ahora serán los tribunales los que diriman la responsabilidad penal que les corresponde a los sujetos que participaron de estos hechos. Personalmente espero que la prevención general y especial de toda pena debe tener produzcan un efecto óptimo y eviten que en venideras Semanas Santas se reiteren estos actos vandálicos.

No debemos dejarnos influenciar por el miedo a que en el futuro se repitan desgraciados episodios como los acontecidos en la pasada Madrugá, ni tampoco rehusar, en contra de lo que nos dicta el corazón, a volver a presenciar tan hermosas estampas que la Semana Santa nos brinda. Hace tiempo que aprendí que ser cofrade no sólo implica saber disfrutar de una interpretación musical, un paso de palio en la calle precisa o el cortejo de la Hermandad que te gusta, sino que también tiene momentos amargos con los que hay que saber convivir y demostrar de la casta que está hecho el cofrade. Cuanto menos será una noche que jamás olvidaré. Nos vemos en la Madrugá 2018.

Sobre el autor

Sergio de la Herrán Ruiz-Mateos

- El peso de la razón, del argumento frente al dogma, que, por otro lado, constituye la esencia de una sociedad democrática.

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