Publicado el: Jue, 15 Dic, 2016
Opinión

Origen

enamorados_campo_de_hockey_vijandeSe puso la mano en la frente despejada y oteó el horizonte inquieta. “Ya falta muy poco, hemos seguido todas las señales”. Escrutó nerviosa el mapa que Brax Un-ojo le había pintado sobre un pellejo de cerdo curtido. “Bajando desde la montaña del Lago Largo, atravesando toda la Sierra Verde hasta la planicie que lleva al mar”-recordó. Eso era lo que había dicho el explorador cuando lo dibujó con un palo quemado y sangre animal.

Volvió la cabeza y observó a su gente que formaba una larga y oscilante cola de serpiente. Llevaban consigo todos sus útiles y su ganado. La mayoría iban arrebujados en pieles livianas que le llegaban hasta las rodillas. Los niños correteaban alrededor de los animales profiriendo gritos de excitación. “No somos nómadas, pero les he obligado a moverse, por Jeorl y Seda”

A su lado, su hija Seda y su hombre palidecían. Jeorl había llevado a la niña en brazos la mayor parte del camino y las caras de ambos mostraban los síntomas de la enfermedad. Varias lunas antes Jeorl y su hija habían salido a cazar ciervos a las montañas, quería enseñar a la pequeña como hacerlo con una lanza con la punta endurecida al fuego. Por el camino, encontraron un ciervo despeñado y lo despiezaron, asaron en una fogata y comieron su carne. Las fiebres comenzaron uno soles después. “Seguramente no se despeñó, aquel bicho habría comido bayas del sopor”-pensó taciturna al mirar sus caras mortecinas y blancuzcas.

Ella había tenido que sustituir a Jeorl al frente del clan, no sin quejas de los ancianos de la tribu porque una hembra no podía ostentar ese honor. Pero su hombre la refrendó y apoyó, en eso y en la diáspora del grupo cuando Brax Un-ojo volvió contando que más allá de una playa de arena finísima y rubia había encontrado la pequeña Isla Prodigio, hogar de los dioses de las estrellas. Los todopoderosos hacedores del mundo. Y allí se dirigía Aeena, para suplicar a los Hacedores que evitaran la muerte de Seda y Jeorl.

No habían transcurrido ni tres horas caminando cuando vieron los pájaros pintados en el mapa. Jamás hubiera pensado Aeena que aquellas manchas rosadas dibujada sobre la piel retrataban a aquellas aves majestuosas de cuello serpenteante que picaban el agua ajenas a la presencia humana. Eran tan livianas que parecían caminar sobre el agua de aquellos caños de agua poco profundos. Graznaban y se paseaban elegantes cerca de la balsa que el explorador había construido y abandonado allí para cruzar el llamado Rio Ancho, según el mapa.

Fue nada más sortearlo en la balsa cuando Jeorl se desplomó. Llamaron a Cuy el sanador, pero, después de examinarlo, torció el gesto y negó con la cabeza. Seda no estaba mucho mejor, temblaba aterida y se convulsionaba. La caída de los brazos de su padre no había hecho más que empeorar la situación pues se había golpeado la cabeza contra un canto en el suelo.

Acamparon unas horas a esperar la evolución de la pequeña que envuelta en pieles fue apagándose lentamente. Aeena miró al cielo del mediodía y pidió a los dioses de las estrellas, pero cuando terminó la oración Seda ya había dejado de respirar.

Cavaron un ancho hoyo allí mismo para enterrarlos. Aeena personalmente colocó los cuerpos, entrelazándolos. La niña a la izquierda y Jeorl a la derecha, tal y como habían dormido siempre en su cueva en las sierras. Sólo faltaba ella en el centro. Concienzudamente los colocó abrazándose, las piernas del hombre flexionadas hacia el vientre de Seda, y la cabeza de él de manera que la mirase y la protegiese. “Íntimamente unidos, para siempre”. Cuando terminó, contempló amargamente los cuerpos sin vida y no pudo evitar gruesas lágrimas.

“Parecen dos enamorados. Y es lo que eran. Se amaban tiernamente en vida y han muerto juntos”

Depositaron objetos que ambos habían atesorado y que trajeron consigo todo el camino; las armas de piedra y madera de él y los juguetes de barro de la pequeña. Aeena ni siquiera quiso quitar las agujas que prendían el pelo largo e indómito de Jeorl, símbolo de su liderazgo tribal.

Emprendieron de nuevo camino hacia el sur. La mujer no se rendía y quería encontrar Isla Prodigio para pedir a los dioses que levantaran de la muerte a su familia. No tardaron más de una hora en encontrar la playa del Ocaso, tal y como Un-ojo la había bautizado en el mapa. Caminaron por su arena casi blanca que reflejaba los rayos del sol. Asombrados por lo que les rodeaba, avanzaban por la orilla plagada de conchas marinas como una línea de hormigas de camino a su guarida. Pequeños pajarillos veloces correteaban a sus pies acompañándoles.

Al fondo divisaron la pequeña isla rocosa. Era un montículo en medio del mar y en el centro se erigía algo oscuro. La marea estaba muy baja y encontraron un camino de piedras planas erosionadas que parecía llegar hasta allí. Se hizo acompañar de Arron cuello-largo y de Elia pelo-amarillo. El resto acampó entre las dunas de la playa a esperar su vuelta.

Tuvieron que andar un trecho y nadar en parte de otro, pero no les llevó demasiado tiempo cruzar. La visión desde aquel promontorio marino superaba con creces a la que tenían desde sus montañas. La isla estaba a muy poca distancia de la desembocadura de una especie de rio que separaba dos brazos de mar arenosos cuajados de vegetación. Las gaviotas aleteaban y chillaban disputándose peces sobre sus cabezas.

Un enjambre de piedras se amontonaban en el centro de la isla formando una estancia piramidal con una abertura horadada central. Dentro, las paredes habían sido repelladas bastamente con una mezcla de barro grisáceo y conchas trituradas. Había infinidad de pinturas sobre ellas: un cangrejo con una pinza mucho más grande que la otra, uno de los pajarillos que correteaban por la orilla, un extraña concha circular que se prolongaba en un palito, peces plateados de diferentes tamaños, una criatura blanca en forma de media luna con largos bigotes, un escarabajo negro redondo y una de las aves rosas de infinito pico. Pudo ver incluso dibujos de algas y frutas que parecían marinas. “Los dioses todopoderosos de la Isla Prodigio”-contempló Aeena extasiada-“No son otros que ellos, las criaturas que moran aquí. Es por esto que es la isla prodigiosa”

El tiempo transcurrió tan rápido que las primeras estrellas aparecieron en el horizonte anaranjado y violeta. La visión del cielo límpido y estrellado la hizo estremecerse. Pensó de nuevo en su familia, tomó la decisión y se dirigió en voz alta a sus acompañantes:

– Aquí nos quedaremos, volveremos a donde los hemos enterrado y edificaré mi pueblo a su alrededor. Viviré el resto de mis días junto a su tumba amada y las generaciones venideras perdurarán en esta tierra extraordinaria de dioses. Construiremos hornos y chozas; la defenderemos con miembros de piedra y ojos enfurecidos. Nos juzgarán de una raza fuerte y nos llamaran isleños…

Asesoramiento documental de Eduardo Vijande Vila, investigador y arqueólogo de la Universidad de Cádiz.

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

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